domingo, 8 de febrero de 2015

Concierto In memoriam 2015: un recuerdo imperecedero, por Carlos Armando Figueredo



Ayer domingo, 1º de febrero de 2015, tuvo lugar en el teatro del Colegio María Auxiliadora el concierto In memoriam que todos los años ofrece Espacio Anna Frank con motivo del Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto. El 27 de enero fue la fecha establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas para esa jornada de recuerdo y reflexión, a propósito de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz.

Si hay algo que puede decirse de este Concierto In memoriam (que en 2015 coincide con el 70º aniversario de la liberación de Auschwitz) es que permanecerá grabado en la memoria de las más de 1.100 personas que tuvimos la suerte de presenciarlo. En efecto, se trata del éxito más rotundo logrado a la fecha por Espacio Anna Frank en materia de organización de eventos. No podía ser de otra manera: contó con la entusiasta participación de renombrados compositores y artistas venezolanos, con el apoyo de la Orquesta Sinfónica de Venezuela bajo la dirección del maestro Alfredo Rugeles. Los compositores cuyas obras se estrenaron no titubearon cuando, el año pasado, se les pidió que compusieran obras sinfónicas para honrar a las víctimas del Holocausto.

La orquesta interpretó las siguientes obras:

1) De Icli Zitella (nacido en Caracas en 1966), “Shuvá Adonai et Shevitenu” (Haz retornar, Adonai a tus cautivos), obra inspirada en el Salmo 126. Se trata de una pieza digna de la mejor música clásica moderna venezolana. Dice el propio Zitella en el folleto del programa del concierto: “Como la melodía es un poderoso elemento de continuidad y de ‘sentido’ en la música, esta obra trata de evitarla. Con todo, hay un pasaje en que los cornos dibujan una melodía larga e irregular, como el recuerdo de una vida dichosa anterior a la desgracia del exterminio…”

2) Alfredo Rugeles dirigió la interpretación de su obra “Oración para clamar por los oprimidos”, para orquesta y mezzosoprano, inspirada en el poema homónimo escrito por su padre, Manuel Felipe Rugeles (1903-1959); a mi juicio, una de las grandes obras de la poesía venezolana de todos los tiempos. En palabras de Rugeles, la obra “fue escrita en 1989 para un ensamble mixto de cámara que incluye flauta, oboe, mezzosoprano, arpa, sintetizador, contrabajo y una batería electrónica”, y añade que “a raíz del encargo de Espacio Anna Frank con motivo de Concierto In memoriam para conmemorar los 70 años de la liberación de Auschwitz y el fin del Holocausto, decidí realizar una versión para voz y orquesta, enriqueciendo así su contenido a través de la brillante paleta orquestal”. Sin duda lo logró, como pudo comprobarse en la brillante ejecución de la orquesta y la bella voz de la mezzosoprano Jessica Colmenares Cedeño.

Como dato curioso tenemos que el poema de Manuel Felipe Rugeles fue escrito en 1939, cuando se iniciaba la Segunda Guerra Mundial, con la invasión de Polonia por los nazis; en cierto modo, este fue un presagio de los horrores que iban a ocurrir hasta 1945. Ello se hace patente en estrofas del poema, incluidas en la obra sinfónica y cantadas por la mezzosoprano, como “¡Oh! Ciudad de la sangre, con mariposas negras y pájaros de incendio en el crepúsculo” y “¡Oh! Ciudad de la sangre, con voces rotas de clarines y banderas desgarradas”.

3) En tercer lugar se interpretó el “Kaddish”, de las “Dos melodías Hebraicas”, de Maurice Ravel, escritas en 1914. La escuchamos en versión para violín solo y cuerdas, con excelente arreglo de D. Jonstone e interpretación de Dmitri Pylenkov, violinista ruso radicado en Venezuela. Tal como el presagio de la Segunda Guerra Mundial en el poema de Manuel Felipe Rugeles, este Kaddish o “Canto a los muertos”, de Ravel, fue premonitorio de los millones de muertes que iban a ocurrir durante la Primera Guerra Mundial.

En la segunda parte del concierto tuvimos la suerte de oír el estreno de dos grandes obras de compositores venezolanos contemporáneos.

En primer lugar, Agujeros en el alma, de Ricardo Teruel, obra escrita en 2014, por encargo de Espacio Anna Frank, para orquesta y sonidos grabados. Esta pieza logra incorporar a su música de profundos sentimientos –inspirados en los horrores del Holocausto– sonidos que nos hacen recordar la tragedia: ruidos de cristales rotos, de golpes y maltratos, de miedo. Es, como dice el autor, “un homenaje a la dignidad de la víctimas y sobrevivientes y a la cultura y el pensamiento judíos, profundamente humanistas”. Llama la atención el sonido de un shofar, interpretado por un rabino desde una de las filas de la audiencia.

La mañana del domingo, pocas horas antes del inicio del concierto, tuve la oportunidad de ser entrevistado en el programa Entre Noticias, de Globovisión, junto a Ricardo Teruel. Mientras conversábamos, Teruel me comentó –aludiendo a su obra– que horrores como los del Holocausto abrían en el alma de los seres humanos agujeros que nunca se podían cerrar. Tal vez no conviene que se cierren y es preferible que permanezcan entreabiertos, para que las generaciones venideras no olviden esa historia del horror, de modo que nunca se repita.

Concluyó el concierto con la obra “In memoriam”, de la afamada compositora y profesora de música Diana Arismendi, para narrador, soprano y orquesta escrita en el 2014, con tres movimientos: “Cámara oscura”, “Sacrificio por fuego” y “Nosotros los salvados”.

El canto y las palabras de la soprano Sara Catarine, así como la narración de Luigi Sciamanna contribuyen a resaltar el efecto –según la compositora– de pesadilla, tal como en las palabras de Anna Frank: “Me estremezco al recordar el rumor sordo y lejano que marcó para nosotros el comienzo de esta destrucción”. Continúa Arismendi, en referencia al segundo movimiento como alusión al Holocausto, para lo cual cita las palabras de la poeta argentina Beatriz Iriart: “Yo estuve en Auschwitz. Yo parí hijos de amargura, dolor y espanto”. “Sacrificio por fuego” es, según su autora, “un canto a la maternidad, un grito de esperanza a la vida y una súplica confiada a Dios ‘Ten piedad de mí, Señor’”, palabras estas que el narrador repite en varios idiomas. El último movimiento, “Nosotros los salvados”, toma su título de un poemario de Jacqueline Goldberg, para evocar los nombres de algunos sobrevivientes del Holocausto, cuyas fotos se van mostrando en las pantallas colocadas a los lados del escenario.

Pocas veces, en los numerosos conciertos a los que he asistido, pude observar como el domingo los interminables aplausos, sentidos, verdaderos y no de seguimiento al impulso de “claques”. El concierto del domingo tuvo al público embelesado con las obras, la orquesta, el director, los solistas y el narrador. Fueron también muy largos los aplausos a la intervención del representante de la Embajada de Alemania, el Primer Secretario Moritz Jacobshagen, quien habló en lugar del Embajador J. Lindner (ausente, en esta ocasión, por estar dedicado a coordinar desde Alemania el programa de ayuda contra el ébola). El joven diplomático conmovió a la audiencia al expresar con toda objetividad, honestidad y franqueza lo que piensan los alemanes de hoy acerca de los horrores del nazismo, en particular, las segundas y terceras generaciones posteriores a 1945.

Este concierto debería repetirse en otras salas grandes del país y, ¿por qué no?, incluso en Berlín. Fue un In memoriam que quedará para siempre en nuestro recuerdo.

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